Del micro-mundo del libro al macro-mundo de sus posibilidades (Reflexiones a partir de la Feria del Libro del Palacio de Minería 2012)

Es raro enunciar la palabra “feria” y no asociarla con alegría, diversión, enormidad y dulces. No hay comparación entre el sentimiento provocado al abrir un libro. Descubrir su mundo en el pasar de hojas es decisión magnánima para las personas. Lo único que lamento es no ver más niños ahí.

La Feria del Libro en el Palacio de Minería se organizó del 22 de febrero al 5 de marzo del presente año. La Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México llevó a más de 100 expositores que compartieron, mas que grandes stands con títulos diversos, mundos. Los estilos al editar libros variaban desde el pequeño objeto de pasta suave, que presume su título y su autor aislados, hasta la gran obra de dimensiones inimaginables, ilustraciones dentro y fuera de ella y peso igualable a la interactividad posible en su diégesis impresa.

Diferentes personas, diferentes objetivos

Acuden a la feria personas guiadas por diferentes objetivos: Las personas que preguntan por un título en especial, no paran de buscarlo a pesar de darse cuenta que han preguntado en todas las casas editoriales -y obtienen lo que buscan-; los curiosos entran por primera vez sin prejuicios -no se imaginan el lugar lleno de intelectuales de cara alargada, pareciendo no tener ninguna expresión facial-; padres con sus hijos jóvenes buscan los libros de texto del siguiente ciclo escolar; editores y vendedores de obras comparten experiencias, avatares, preguntas, consejos,… con el fin de incrementar sus ventas. ¿Es difícil construir un país lector -no creo que quien tenga la mejor respuesta sean los políticos [¿verdad, Peña Nieto?]?

¿Quién tiene el gatillo que volverá al grosso de la población un país lector? Los maestros parecen ser la respuesta confiable por la interacción constante mantenida con las familias. Sara, maestra de segundo año de preescolar compra libros sin importar los números rojos en sus cartera. Ella es precursora de la actividad lectora en el kinder Fuentes del Valle, en Tultitlán, Estado de México. “Con la lectura los niños no sólo explotan su capacidad imaginativa, así mismo obtienen estructuras de pensamiento que les ayudan a organizar sus ideas”, apunta la profesora.

¿Quién a catalogado los libros como “aburridos”?

En esta fiesta de la felicidad, el movimiento y el intercambio “hacen falta niños”, dice una de las muchas parejas con Síndrome de Peter Pan. Ella llegó a los libros gracias a su afán curioso de indagar en el librero de su papá. Él llegó a los libros gracias a su maestra de literatura de la vocacional. Yo llegué a escuchar la narrada conversación ya que me identifiqué con el chico. El fuerte presentimiento de no ser la única, no olvidando agradecerle en voz en alto a mi profesora de la preparatoria, Elsa María Cano Bonilla, es inherente. Sin embargo, no todos tienen la fortuna de educarse con calidad. Llegar a un aula con diversas aspiraciones al desarrollo, como las humanidades o las ciencias llenó la  visión aventurera con la que hoy los universitarios estudiosos de la ciencias sociales y las artes -y de eso estoy segura que pasa en “Polakas”- sienten el día de hoy.

Cultivar la lectura conlleva a la desmitificación de la misma. Tener la posibilidad de hojarlo es proporcional a la posibilidad de identificarse. La lectura no sólo vuelve paciente al afortunado, enriquece su vocabulario y atrae el conocimiento. Yo también quiero viajar y conocerte entre letras.

Mientras, el último día de la Feria del libro, las personas buscan poder comprar los escritos vistos en el mostrador los pasados trece días. La decepción se planta al no ver ningún descuento en las más famosas casas editoriales. ¿A qué responde ello? Al flujo novedoso de sus ejemplares, escritos por conocidas personas. No todo es tan malo, sus ganancias permiten imprimir otros libros: principalmente novelas o teoría.

El otro día soñé que los libros se acababan. Todos los libros. ¡Cuánta utopía en el significado de esta oración! Es, a lo mejor, muy pretensiosa, pero por qué no acercar la realidad a la ensoñación. Empecé regalándole un libro a mi hermano. Al verme llegar con él se extrañó. La enorme bolsa negra permitía dejar volar la imaginación, las posibilidades se volvían infinitas. Fue el momento justo para obsequiarle a mi hermano ese libro, La ciudad de México desde arriba. Una gran sonrisa -además de que hizo su tarea temprano para empezar a leerlo- modificó su comportamiento. Se siente lo mismo al leer: ese cambio interno que suple y vuelve más venidera la vida de las personas, el viajero de metro escondido tras el regazo de un joven.

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